viernes, 30 de octubre de 2015

¿ QUÉ ES EL YO PARA EL PSICOANÁLISIS ?






Escrito por Luis Roca Jusmet

A esta situación se refiere el mito de Narciso. Cierto que está enamorado de su propia belleza., pero el mito seguiría teniendo sentido si amara su propia infelicidad. Se inclina al borde del agua indiferente a la voz que le pide que retroceda; quiere acercarse más y más a la imagen de sí mismo reflejada en la superficie del agua; en el mometo de esta unión consigo mismo, se ahoga. La estructura emocional del mito es que cuando uno no puede distinguir entre el yo y el otro y trata a la realidad como una proyección del yo, se halla en peligro. Este peligro está contenido en la metáfora de la muerte de Narciso: se inclina tan cerca del espejo de las aguas, su sentido del exterior está tan absorbido por los reflejos de sí mismo que el yo desaparece, queda destruido. En la vida ordinaria, tras la caída en el agua, como si dijéramos, el perfil clínico que presenta el paciente es el de sentirse muerto interiormente, sentir que uno no vale nada y ver que en el exterior no hay nada que valga la pena.                       
                                                                                                   Richard Sennett



    Jacques Lacan plantea que la teoría del yo más fiel con el genio freudiano hay que abordarla desde dos aspectos claves: desde el yo corporal y desde las identificaciones. Esta declaración de principios la enfrenta radicalmente con otra interpretación del psicoanálisis centrada en la psicología del yo, entendido éste como la esfera libre de conflictos, el elemento mediador  que la cura psicoanalítica ha de reforzar. En este sentido un yo fuerte sería la garantía de una buena adaptación y, por tanto de una vida satisfactoria, es decir, sana. Para Lacan, por el contrario, lo que tiene que hacer el yo es abrirse al ello, no intentar dominarlo. 
   Si rastreamos directamente en Freud comprobamos que su teoría del yo es muy compleja que puede ser interpretada de varias maneras. A partir del “Proyecto para una psicología para neurólogos”, la noción de yo constituye uno de los hilos conductores de su elaboración teórica, que formula básicamente en  “Introducción al narcisismo” y  “El Yo y el Ello”. Pero no hay que olvidar otros escritos interesantes como “Duelo y melancolía”, “Psicología de masas y análisis del yo” y “”La escisión del yo en el proceso defensivo.” En todo caso lo que sí puede afirmarse es que hay una serie de elementos que son indiscutibles en la teoría freudiana del yo (y la diferencia de interpretación está en como se articulan todos estos aspectos): El yo es una instancia psíquica diferenciada del ello y del superyo y es el producto secundario de una acción psíquica específica y no de una derivación biológica espontánea.  El yo tiene una función mediadora  respecto a la prueba de realidad  (a la que nos someten las exigencias del entorno y de los otros) y a las tensiones internas ( derivadas de la presión contradictoria del ello y del superyo). Las identificaciones son un elemento constitutivo del yo y una función reparadora de las pérdidas de aquellos a los que amamos. El yo tiene una función unificadora de los límites corporales (la superficie del cuerpo, la envoltura corporal) y es la proyección del organismo en el psiquismo El yo es objeto de la líbido a través del narcisismo (El mito de Narciso, como sabemos, es el amor a la imagen de sí mismo) que se inscribe por lo tanto directamente en el 
 registro del  imaginario.
   Si vinculamos el yo con el imaginario es básicamente a través de las identificaciones, aceptando la definición lacaniana de que una identificación es la transformación de un sujeto a partir de una imagen. En esta línea el yo percibe imágenes que una vez recibidas e inscritas conforman su propia sustancia. Podemos ampliarla a partir de la definición de Laplanche y Pontalis en su diccionario de psicoanálisis:
 El proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones. 


 Para Freud la identificación es un movimiento de absorción que va hacia el otro  y que puede llevar hasta el límite de querer devorarlo psíquicamente. Como ejemplo podemos recordar como en la película El hombre que mató a Jesse James en la que éste le pregunta a su futuro asesino (que  le admira de una forma absoluta): ¿Quieres ser como yo o quieres ser yo ?  Habitualmente esta identificación se puede realizar de dos formas diferentes: como deseo consciente de ser como el otro o como deseo inconsciente de ser el otro, en el que éste ser puede identificarse con sus rasgos visibles o con algo mucho más increíble e inquietante: su fantasma inconsciente. La identificación no designa entonces en Freud algo tan importante como el amor (en el que nos queremos identificar con aquel a quien amamos) sino la formación del yo, porque somos la memoria de los seres que hemos perdido y con los que nos hemos  identificado apropiándonos de algún aspecto que les pertenece. Lo que explica por tanto que seamos lo que somos es un precipitado de identificaciones que vamos realizando a lo largo de nuestra existencia, pero cuyas raíces establecemos en la infancia. Freud trata la identificación  a partir de la clínica en un texto relativamente tardío que es “Psicología de masas y análisis del yo”, en cuyo capítulo VII analiza la identificación histérica como una posición femenina de identificación, en la que la que se quiere atraer al Padre  identificándose con un rasgo la Madre o bien identificándose con él. Lo que busca la histérica con esta identificación es o bien ocupar el lugar de la Madre para atraer el Padre o bien ser ella como el Padre. Tenemos así los dos tipos de histeria: en el primer caso una mujer dominada por un síntoma  y en el segundo una mujer masculinizada.  Pero hay que diferenciar claramente esta identificación con la identificación melancólica, que tiene un carácter narcisista porque la carga amorosa del objeto vuelve al yo. En la identificación histérica, en cambio, la carga del objeto se mantiene y por tanto nos identificamos no con el otro sino con algo suyo, por lo que el éste se mantiene independiente de nosotros con una carga amorosa que depositamos en él. En realidad hay en esta identificación algo paradójico, porque conservamos el objeto y por lo tanto nos identificamos con algo de alguien que permanece fuera de nosotros. A partir de estas reflexiones Freud intenta explicar un fenómeno contemporáneo que es el de la psicología  de masas y lo hace a partir del vínculo que une al individuo con la masa a través del Ideal. Lo que hace éste es ocupar simbólicamente el lugar del objeto amado de la masa y así puede unificarla a su alrededor. El líder, al que idealizan como encarnación de este Ideal, ocupa entonces también un lugar paradójico, ya que el individuo que forma parte de esta masa lo considera como al mismo tiempo una parte de sí mismo y por otro lado alguien que está afuera a quién engrandece idealizándolo. Freud pensaba en  el ejemplo de Hitler, cuyo modelo se ha repetido una y otra vez con líderes más contemporáneos como Mao o Milosevic. Este mecanismo es opuesto al del enamoramiento, ya que aquí se empobrece el sujeto en proporción inversa al engrandecimiento del objeto amado. Este último queda idealizado y nunca nos identificamos con él porque se mantiene como objeto independiente al que queremos poseer y que siempre será inalcanzable.

    Lacan es el que trabajará más a fondo la cuestión del yo como identificación imaginaria (estrechamente vinculada a la imagen corporal) a partir de su teoría del estadio del espejo. Irá reelaborando esta idea en relación con las modificaciones del concepto de  imaginario que va elaborando a lo largo de su obra. Ya en el año 1936 en su texto “Más allá de la realidad”, escrito el año 1936, planteará la imagen  como la cuestión nuclear de la psicología. Este texto queda recogido en sus Escritos, al igual que “El estadio del espejo como formador del yo” y “La agresividad en psicoanálisis”, todos de los años 40, y donde irá elaborando en profundidad su teoría del estadio del espejo. La clave del planteamiento es que la identificación imaginaria es básicamente una identificación especular. Es el  reconocimiento que hace el niño en el espejo (entre los seis y los dieciocho meses) el que permite dar forma, es decir imagen, a un cuerpo desmembrado. Lacan elabora esta noción a partir de las observaciones del comportamiento de los bebés ante el espejo y de los estudios de etología sobre el mimetismo animal. También serán fundamentales los estudios científicos del biólogo Bolk sobre el carácter prematuro, incompleto, del cachorro humano. Esta condición de desamparo funcional en la que el bebé se encuentra sin recursos frente a la presencia primera del Otro.  Este análisis lo relaciona con los estudios de conducta animal de Lorentz, en que, a partir del experimento de utilizar  estímulos artificiales (señales) éstos funcionan como la impronta  que determinará los ciclos instintivos del animal y posibilita las pautas de acción para moverse en un medio determinado. La imagen funciona, por tanto, como una forma que tiene una pregnancia en la medida en que el animal se reconoce en ella.
    
   Lacan constata este primer momento constitutivo del yo que es el que se realiza a partir de la identificación del niño con la imagen que capta en el espejo, que en un primer momento confunde con el otro. En un segundo momento ya entiende que es una imagen pero considera que es la del otro. En un tercer momento identifica finalmente la imagen como la suya. Al reconocerse como una unidad encuentra una identificación primordial cuando todavía no ha desarrollado su esquema corporal. El yo como entidad imaginaria, en el caso humano, se constituye a partir de estas imágenes pregnantes, es decir, de estas imágenes en que nos reconocemos porque tienen un sentido ligado al yo, primera expresión del narcisismo. En cierta manera lo que hace Lacan con su teoría del estadio del espejo (que irá madurando a lo largo de su obra) es ir eliminando la diferencia establecida por Freud entre la teoría del yo corporal y la del yo como identificación. La función imaginaria del yo es ambivalente, ya que por una parte es necesaria para la constitución de la imagen unitaria del yo pero por otra se transforma en autoengaño al ocultar su división real.

    En los escritos y seminarios de los años 50 es cuando Lacan señala la presencia fundamental y constituyente del lenguaje en este proceso. Aparece entonces la noción de identificación simbólica, es decir, al papel del Gran Otro en la identificación especular. El niño, nos dirá,  está también ligado a su imagen por nombres y palabras, y más tarde, como ya hemos señalado, por el Ideal del Yo y esta identificación simbólica con el ideal nos permite enraizar una identificación que nos permita un enclave a través del cual salir de la fascinación de las identificaciones imaginarias. En el ámbito del imaginario no hay salida, ya que hay que trascender la agresividad primaria (constitutiva inicial) a partir de lo simbólico, que es la mediación que permite el pacto, la pacificación. Hay que relacionar este trabajo teórico de Lacan, con su noción de cuerpo, que definirá como un organismo más una imagen. El cuerpo humano, que es la imagen que tiene un organismo con conciencia de sí, es una realidad secundaria. Está construida desde nuestro psiquismo y no tiene nunca el carácter innato de una realidad física primaria. Con esta noción de cuerpo Lacan nos plantea como hilo conductor que el organismo vivo, lo viviente, no es nunca suficiente como para constituir un cuerpo, ya que hace falta el registro imaginario. Pero no sólo éste ya que también necesita lo simbólico, puesto que para dar cohesión a una individualidad orgánica se necesita la categoría lingüística de Uno, con lo cual el cuerpo adquiere también tiene una dimensión significante. Y más adelante, cuando domine en la teoría lacaniana lo real sobre lo simbólico y el imaginario  el cuerpo será de un cuerpo de goce, inaccesible a la imagen y a la palabra. 

    Hay que mencionar igualmente, por sus interesantes aportaciones al tema, las reflexiones de otra potente psicoanalista francesa, Francoise Dolto ,contemporánea de Lacan. Sobre todo es fundamental su noción de imagen inconsciente del cuerpo. Parte de una diferencia básica entre el esquema corporal y la imagen del cuerpo. El primero es considerado común a la especie según la matriz de las características temporales y espaciales, ya que es el cuerpo físico, presente en el marco de la experiencia inmediata. Se basa en unas características innatas que se estructuran mediante el aprendizaje y la experiencia. Pero este esquema corporal es portador de una imagen inconsciente del cuerpo, que no es específica sino singular, y que es la síntesis viva de nuestras propias experiencias emocionales, eminentemente inconscientes. Es el soporte del narcisismo y tiene relación con el goce y con el lenguaje, por lo cual entrelaza en su formación el registro imaginario y simbólico.La imagen del cuerpo, al contrario que el esquema corporal, pertenece al orden del deseo y no al de la necesidad. Es también el inconsciente, lugar donde se elabora la experiencia profunda del sujeto. 

    Tiene tres aspectos dinámicos, el primero de los cuales es como imagen de base, que quiere decir como narcisismo primordial que nos da una identidad permanente en nuestro devenir individual. La psicoanalista da a esta noción de narcisismo primordial un sentido positivo, ya que es lo que nos liga a la vida y a la propia auto-aceptación ( lo que hoy se llama la autoestima) El segundo aspecto es el que nos posibilita una imagen funcional, que quiere decir una imagen dinámica en la que se encarna el sujeto del deseo. Nos permite salir del cuerpo biológico para querer vivir y  para ser un cuerpo deseante.El tercero, vinculado al anterior, es la condición para la imagen erógena, donde se focalizan el placer/ displacer erótico en relación con el otro. Si la denomina inconsciente es porque piensa que, paradójicamente esta imagen no es representable, y que es lo que el cuerpo aporta al inconsciente. Los tres aspectos combinados constituyen una especie de  matriz corporal de la subjetividad.

    Hay una polémica muy rica entre Dolto y Lacan sobre el estadio del espejoen la que la primera defiende la existencia de un narcisismo primario positivo, que en cierta forma es el portador de la energía vital con la que nos identificamos. A través del estadio del espejo, la autoimagen se sostiene por la palabra de la Madre, que es la que permite articular positivamente el imaginario y lo simbólico en el niño y Dolto considera siempre que la imagen especular ha de estar ligada necesariamente a la palabra, a lo simbólico, para llegar a buen puerto. Polemiza con Lacan  porque considera que éste tiene una concepción totalmente negativa del imaginario en la medida que lo vincula inevitablemente al quedar atrapado en la rivalidad agresividad y en un callejón sin salida narcisista. Françoise Dolto cuestiona además algunas afirmaciones lacanianas como la afirmación de que la reacción del niño frente a esta imagen especular es de júbilo. Las considera excesivamente especulativas y sin contrastación empírica, Pero en lo que difiere radicalmente de Lacan es en el carácter puramente óptico y visual que da esta experiencia., ya que la psicoanalista  la relaciona con una sensorialidad más amplia y explica de manera concreta como, por ejemplo, los ciegos de nacimiento viven esta identificación imaginaria en una modulación diferente. 

 Gerard Guillerault, que ha trabajado a fondo la relación entre los dos grandes psicoanalistas, nos muestra lúcidamente lo que les une, que finalmente  es que ambos aceptan una falta estructural en el ser humano, es decir, que hay algo incompleto en la imagen que no puede simbolizarse, de lo que no puede hablarse. Quizás no acabemos de entender a que se refiere pero intuimos que hay algo se nos escapa en la imagen de nosotros mismos y que tampoco la palabra puede expresar. Si para Françoise Dolto este enigma nos vincula al elemento más luminoso de la condición humana, para Jacques Lacan lo que expresa es su aspecto más oscuro y tenebroso.

   Los trabajos de Samí-Alí sobre el cuerpo en relación con el imaginario también gran interés. Por una parte insiste en que el cuerpo no se reduce a una realidad física sino que es también una imagen. La demarcación entre lo real y lo imaginario queda diluida a este nivel. Es la imagen del cuerpo proyectada en una superficie, que primero aparece en dos dimensiones (en contra de lo que dice Merleau- Ponty) y que no es aprensible sino a partir de las relaciones identificatorias que marcan las coordenadas espaciales (adentro/ afuera; izquierda/ derecha; arriba/ abajo; adelante/ detrás. Establecidas primero a través de la relación especular las coordenadas espaciales son biniculares, no existe en ellas la profundidad. Ésta sólo se introduce con la superación del estadio oral, que se experimenta como fusión con el cuerpo materno. La entrada en la etapa anal, que transforma el cuerpo en un objeto manipulable, que se puede poseer y dominar, implica entrar en una perspectiva tridimensional. Es el momento en que se configura la objetividad que nos permite acabar de separar el propio cuerpo del de los objetos, lo que supone la aparición de lo simbólico. Sami-Alí considera la percepción del rostro en el espejo como el final de un proceso de proyección cuya finalidad es constituir en su diferencia el rostro del otro, con el que anteriormente se había identificado primero (a través de la madre). Consolidando este proceso se cumple la separación entre el adentro y el afuera, superando la conciencia de esta experiencia como de lo siniestro (ligado a la percepción del otro como doble, en cuanto nos identificamos con él). Para Sami-Alí hay una coincidencia entre el descubrimiento del símbolo como sustitución de la madre (la experiencia que recoge Freud de su nieto y que le da el nombre de fort-da) y el reconocimiento en el espejo. Pero también la imagen del cuerpo se constituye en el tiempo, ya que el tiempo corporal se organiza en función de los intercambios precoces madre/ hijo y la percepción del tiempo objetivo, que corresponde a la fase anal.

   El imaginario y lo simbólico están mucho más entrelazados en este planteamiento que en el de Lacan, ya que es  un proceso en el que lo simbólico (la palabra y el discurso, la ley) va apareciendo sobre este fondo del imaginario, que es la relación del cuerpo con los objetos. Pero para que el objeto aparezca como separado del cuerpo y podamos entrar en el principio de realidad, que es el de la constitución de la objetividad y establecer una diferencia entre lo real y lo imaginario es necesario que el cuerpo perciba el objeto como negación, que lo proyecte fuera mientras permanecemos identificados con el cuerpo. La relación adentro/ afuera es posible por un proceso complementario de identificación y de proyección. 

  Todas estas líneas de trabajo lo que hacen es, con todos sus matices y aportaciones, sellar  la relación entre el yo, el cuerpo  y el imaginario, con lo cual se unifica la teoría del yo como identificación (precipitado de las pérdidas) y del yo corporal, que es el cuerpo constituido por la imagen. Lo que me parece fundamental recoger es el cuestionamiento del yo como sustancia, formulación esta última que es una herencia de la tradición animista platónico-cristiana, en la que la personalidad sustituye el tótem que identificaba el clan. En este sentido es muy interesante  la función disolvente que ejerce el psicoanálisis más fiel a Freud con respecto a esta concepción  de la personalidad como  sustancia. Lo que hace esta ilusión es atribuir una consistencia real al yo, cuando no es otra cosa que una construcción imaginaria. a la que damos una función simbólica. Y esto es posible a partir de los enredos del yo narcisista al sostener esta instancia imaginaria del yo como algo real, con lo cual se convierte en el lugar de las ilusiones del imaginario con respecto a la identidad. La identificación imaginaria, cuando no está articulada en lo simbólico, nos lleva a una serie de transferencias salvajes en relación con un otro idealizado. Intentamos cubrir compulsivamente, como ya explicaré después, nuestra carencia de identidad simbólica. Y buscamos esbozos identificatorios a través de un mimetismo absoluto con alguien que idealizamos totalmente.

  Lacan formula en otro texto de sus Escritos que se llama “Observación sobre el informe de Daniel Lagache” una interesante diferencia (ya anticipada en su primer seminario) entre el Ideal de Yo y el Yo Ideal. El primero tiene que ver con el sujeto y su función es servir de guía, de punto de referencia sobre el lugar que regula nuestra relación con los otros. Es el resultado de un proceso de interiorización, ya que es el Ideal el que hacemos nuestro y a partir de él adquirimos un lugar simbólico en el mundo y que posibilita una identidad social, en el campo del lenguaje y de la ley. El Yo ideal, en cambio, pertenece al registro imaginario y tiene que ver con una imagen idealizada de nuestro yo, aquella que proyectamos hacia los otros y a partir de la cual queremos reconocernos y ser reconocidos. Es la base de la vanidad y de la envidia en la medida en que éste último sentimiento implica un querer ser como el otro, a quién atribuimos lo que nos falta. 

   Los registros del narcisismo, del enamoramiento y el de la psicología de masas se basan en una identificación con una imagen idealizada (sea de uno mismo, del objeto amado o del líder) y siempre es tramposo, uno obstáculo en el campo del imaginario. En esta idealización hay siempre una ilusión, un engaño que pretende que somos tal como aparecemos a nuestra mirada o a la del otro. Nos esclaviza en la medida en que estamos sujetos a la mirada del otro y aquí sí que podemos recoger la lapidaria frase de Sartre de que el infierno son los otros. Precisamente las psicosis no declaradas pueden ser compensadas por identificaciones imaginarias absolutas, que son como una especie de esparadrapo que tapa el agujero que tiene el psicótico por ausencia de identificación simbólica (El Nombre del Padre.). En este caso el sujeto permanece prisionero de la relación especular y su identidad depende totalmente de la identificación narcisista con su Yo Ideal. Es una identificación masiva, integral, absoluta (no de un rasgo como la histeria) que nos lleva a una identificación mimética con la imagen con la que nos identificamos, que intentamos reproducir íntegramente. Hay una insuficiencia estructural del Ideal del Yo,  que es el único que nos puede dar una consistencia y una identidad permanente en la que anclarnos. Podemos recordar aquí la película Zelig de Woody Allen como la escenificación más gráfica de lo que es esta compensación imaginaria que lleva al sujeto a adaptarse  totalmente a aquellos con los que está, hasta el punto de una transformación  física espontánea.









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